Hace varios años en uno de los clásicos encuentros, asado de por medio, con los amigos de toda la vida apareció en la conversación la figura del actor Jack Nicholson.
En ese momento alcanzaba otro pico en su fama por el rol protagónico en una película cuyo título no me acuerdo.
Desde nuestra ignorancia en términos de actuación actoral, y con el solo fundamento de nuestros gustos, no escatimamos elogios a su labor. De pronto, terció en la rueda el entrañable cabezón Ventura (a quien además se extraña), y dijo: “sobreactúa”.
Nos miramos. Unos nos reímos. Otros nos quedamos mudos. Después de todo la opinión corría por cuenta de nuestro amigo que sabía mucho más que cualquiera de nosotros sobre eso porque había estudiado, porque había actuado y actuaba, y porque la actuación era parte sustantiva de su vida.
Viene a cuento la anécdota para decir, también en este caso seguramente desde la ignorancia, que los actores institucionales ( y los no institucionales) de la ciudad han sobreactuado en torno del episodio, absolutamente reprochable, de estos dos muchachos que mataron a patadas a una nutria.
Hay que aplicarles la ley que corresponde en el marco del maltrato animal, pero de ahí a exagerar empujados por un coro de voces de indignación intermitente, es una sobreactuación.
Y como ya hemos dicho, nos parece una sobreactuación porque en el marco de ese concepto de la doble vara, de la indignación con intermitencias, no se han tomado con la misma fe republicana otros episodios ocurridos en los últimos tiempos en nuestra ciudad.
En el caso del tiroteo a la casa de Villalba y el mensaje mafioso dejado tanto a él como a Fuentes, la explicación del fiscal es que en el marco de esta, como de cualquier investigación, se registran “condicionantes” que impiden el avance.
Y uno de esos “condicionantes” es que la víctima poco aportó para dejar sentada una línea, una hipótesis de conflicto.
¿Por esos mismos condicionantes se debe aceptar que nunca más se supiera que había pasado en verdad en aquella fiesta donde estaban varios de los empresarios más importantes de la ciudad con sus esposas, cuando ingresó un grupo comando y desnudó prácticamente a todos?.
¿También por esos condicionantes quedó inactiva la investigación de lo sucedido hace 10 años en la casa de Gustavo Elías, Barrio Palihue?
En el caso del pibe baleado en la cabeza en el Bajo Rondeau, nadie lo dice abiertamente, pero algunos indignados intermitentes se preguntan qué hacía ese pibe ahí … se sabe que en esa casa se vendía droga… que el tiro en realidad se escapó porque acostumbran a revolear armas.
En el fondo, no importa lo que le pasó al pibe. El metamensaje es que se joda por andar por ahí.
Me hace acordar a las primeras reacciones del caso Daiana . “Hay que preguntarse qué hacía en el parque a esa hora una menor de edad”, repetían, luego que la rama de un árbol la matara.
No era víctima. Era culpable por andar a esa hora en el Parque…
Esos actores institucionales, y repito, los no institucionales, que definen desde la hegemonía cultural y mediática que van trazando cuáles son los temas que nos deben preocupar, no mostraron la misma “sobreactuación” en esos, como tampoco en la advertencia que plantearon hace un mes los jóvenes de organizaciones salesianas sobre lo que ocurre con los pibes y pibas en nuestros barrios, a 15 o 20 cuadras de nuestras narices…