Sergio Villanueva era bombero y se cuerpo nunca fue recuperado tras ingresar a la Torre Norte a salvar gente.
Los Villanueva eran de Bahía Blanca. Sergio nació en 1968 y con dos años llegó a Nueva York junto a sus padres, Delia y Angelo. Se instalaron en Flushing, Queens cuando las Torres recién comenzaban a construirse.
En 1992 se incorporó al Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York, en el precinto 46. Luego fue policía y detective antinarcóticos. Era un agente encubierto, como el de las películas, metiéndose en tugurios buscando criminales, a veces disfrazado de “homeless” para mimetizarse en el mundo de las drogas.

Ser bombero ofrecía una vida más gratificante. Y en 2000, Sergio se unió al Departamento de Bomberos de Nueva York, a la unidad “Ladder 132” (escalera 132), con sus camiones de un rojo impecable y cromados como espejos.
El fin de semana previo a “ese” martes, Sergio jugó al fútbol con sus amigos. Pateaba al arco con certeza. Era uno de los mejores. Marcó gol. Y cuando el partido terminó se fue con esa promesa tan sencilla de “nos vemos”.
Pero el martes 11 de septiembre de 2001, a las 8 de la mañana, cuando Sergio terminaba su turno, Nueva York cayó bajo ataque terrorista.
Le tocó entrar a la Torre Norte poco después de que el segundo avión impactara la Torre Sur. Entonces, ya no se supo más de él.
Ese día murieron 343 bomberos. Sergio era el único argentino, entre ellos.

En el cráter rodeado de edificios ennegrecidos con los frentes arrancados, que fue durante años el Ground Zero en Manhattan, hoy dos décadas después resplandece otra torre, más grande, más alta, con nombre de Libertad y señal de resiliencia. A sus pies, uno por uno, están los nombres como huellas eternas de las miles de víctimas que murieron ahí. El de Sergio, también.
Con información de Clarín y Radio Mitre